El secreto para que un matrimonio dure es no casarse

No CasarseA menudo me preguntan si estoy casada. A veces miento y digo que sí. Otras veces miento y digo que no. Ninguna de las dos respuestas se siente como la honesta.

Si digo que no estoy casada —lo que es verdad—, la gente en ocasiones intenta juntarme con su hijo o un conocido. Parecen creer que sería una gran nuera y, la verdad, lo sería: envío tarjetas de agradecimiento personalizadas; soy muy buena conversando; sé hornear tortas.

Conocí al hombre con el que estoy no-casada en la segunda semana de nuestra vida universitaria.

“Tienes puesta ropa negra”, dijo Hans. “Yo tengo puesta ropa negra”.

Lo dijo con algo de ironía, pues estábamos en un escenario de teatro negro; todos estaban vestidos de negro. Él tenía una novia, por lo que no empezamos a salir sino hasta varios meses después. Y hemos estado juntos desde entonces, por veintiún años.

Un año antes de conocer a Hans, un familiar suyo tramitó una tarjeta de crédito a su nombre y la usó para pagar prácticamente toda la boda de otro familiar. Y se le olvidó pagar la cuenta. Durante años… de hecho, nunca la pagó.

Y Hans no supo nada sino hasta dos años después de ese crimen, cuando quería entrar a un posgrado. Intentó pagar toda la deuda, pero su historial crediticio ya era abismal y no podía conseguir préstamos para pagar sus colegiaturas. La empresa bancaria le dijo que la única manera de deshacerse de su mal historial era demandar al familiar que había tramitado la tarjeta en su nombre, pues el robo de identidad es un delito grave; esa familiar de Hans podría terminar en prisión.

Hans no pudo hacerlo: la mujer que había sacado la tarjeta tenía un hijo y no quería que este creciera sin su madre. Es algo que me gustó mucho de él. Hans tenía veintitantos años y era más que pobre, pero ¿qué importaba? Tenía integridad y estábamos enamorados. Llevábamos seis meses de noviazgo.

Es una situación algo difícil de explicarle a quienes no conozco. Tienden a hacer preguntas como: ¿y por qué no se casaron ya que había mejorado su historial crediticio?

Pues, por qué no, intento responder.

La respuesta es que hubo muchas razones. Tenía 18 cuando nos conocimos y no sabía qué tanto tiempo duraría la relación. La deuda era muy grande y no quería pedirle dinero a mis padres. Ni Hans ni yo teníamos un trabajo estable y ambos queríamos ser artistas más de lo que queríamos ser personas casadas. Uno de nosotros necesitaba no estar en la lista negra de la oficina de crédito para poder alquilar departamentos y comprar comestibles. Porque, para cuando ambos pudimos salir de esa espinosa situación crediticia, parecía que había pasado demasiado tiempo para siquiera tomarnos la molestia de contraer nupcias.

Pero nunca digo ninguna de esas cosas cuando me preguntan.

Me preocupa que si Hans y yo nos casamos ahora, sería como decir que las últimas dos décadas no han sido válidas.

“¿No te gustan las bodas?”, es otro de los cuestionamientos.

Me encantan las bodas. Es una mezcla algo rara de religión con funciones del gobierno y un ambiente festivo que me encanta. Es como algo muy teatral, excepto que la gente es real.

He ido a varias bodas. He visto los vestidos blancos. He usado los vestidos de dama de honor y he olido las rosas. Nunca me ha tocado atrapar el ramo, pero me entusiasma ver su trayectoria. He escuchado a la banda tocar canciones como “Shout” y en respuesta he bailado con más ganas.

He comprado los productos en las listas de regalos y he enviado esas máquinas para hacer pasta, toallas, cuchillos y jarrones a los recién casados. Estoy cómoda a sabiendas de que, como alguien que no tiene plan alguno para casarse, a mí no me van a llegar las máquinas para hacer pasta ni las toallas ni los cuchillos ni los jarrones.

Hans y yo hemos estado juntos por mucho tiempo y, en las buenas y en las malas, ya tenemos esas cosas.

Hace poco mi contador sacó a relucir el tema del matrimonio. Ha sido mi contador por trece años; posiblemente es la segunda relación a largo plazo más importante de mi vida. Discutíamos si ahora sí era momento de casarse. Le dije que se sentía como que ya había pasado demasiado tiempo. Él respondió, supongo que porque estoy cerca de cumplir 40 años: “Pues hay razones para casarse cuando ya eres mayor”. Esas razones pertenecen a una de dos categorías: ¿qué pasa cuando mueres? y ¿qué pasa si te enfermas y mueres?

Una vez, de regreso de un viaje a Japón, un agente de aduana se crispó porque Hans y yo habíamos compartido una maleta pese a no tener relación legal formal. No éramos familia y entonces teníamos que pasar por separado por la revisión de aduanas. ¿Qué debía entonces hacer ese agente de aduana ante el problema de una maleta compartida?

“Bueno, verá”, comencé, “cuando él estaba en la universidad, un familiar suyo tramitó una tarjeta de crédito y pues…”.

El suceso encapsula de cierta manera una razón a favor de casarse en este punto avanzado y pacífico de nuestras vidas. Porque, según mi contador, conforme envejeces, la vida no es más que una serie de desencuentros con agentes de aduana.

Sé que tiene la razón. Pero, a estas alturas, ese cálculo me molesta. No quiero volver a empezar como si fuera el Año Uno. Me preocupa que si Hans y yo nos casamos ahora, sería como decir que las últimas dos décadas no han sido válidas.

Hemos construido una vida juntos; solo que no estamos casados.

El hombre con el que estoy no-casada y yo hemos tenido cuatro perros juntos. Le he dedicado varios de mis libros, pero la verdad es que le podría haber dedicado todos. Es mi lector crítico más importante y es un colaborador creativo. Hemos viajado por el mundo compartiendo una maleta. Hemos cocinado más de cien comidas desde cero sin tener ganas de ahorcarnos el uno al otro. Hemos compartido una decena de direcciones distintas.

Hemos construido una vida juntos; solo que no estamos casados. (Vivimos en California, donde ni siquiera existe la figura de concubinato).

Hace algún tiempo –habíamos estado no-casados por quince años–, cuando teníamos un departamento juntos en Riverside Park en Nueva York, Hans se despertó, se volvió a ver algo desde la ventana y dijo con una convicción casi bíblica e inocente: “Todo me indica que esa es Kristen Schaal”.

Era una actriz en uno de nuestros programas favoritos, The Flight of the Conchords. Así que sacamos a nuestro perro para ver más de cerca a la mujer, que todavía estaba sentada en el parque. No era Kristen Schaal. No tenía parecido alguno con Kristen Schaal. Y ahora nos decimos eso todo el tiempo: “Todo me indica que esa es Kristen Schaal”.

Es impresionante qué tan a menudo podemos incluir esa declaración dentro de una conversación. Es algo que no es gracioso para nadie más que para el hombre con el que estoy no-casada.

A veces, creo que el secreto para un matrimonio duradero y feliz está en no casarse, aunque sin duda habrá parejas casadas que son tan felices como nosotros.

Unos amigos se divorciaron hace poco. Habían estado juntos por la misma cantidad de tiempo que Hans y yo y pensé que eran felices. Pero no hay manera de saber realmente qué pasa a puertas cerradas. Le pregunté a mi amiga: “¿Qué porcentaje de su tiempo juntos crees que estuviste feliz?”.

“El 20 por ciento”, respondió. Unas semanas después, cambió su estimación: “Quizá un dos por ciento”.

“¡Dos?”, le respondí. “¿Cómo puede alguien vivir con otra persona cuando hay un dos por ciento de felicidad?”.

“Quizá fue tres por ciento”, dijo.

Hans y yo estamos felices un porcentaje mucho mayor de tiempo. Tenemos las típicas peleas de pareja y nuestra discusión más frecuente termina con él levantando sus manos y gritando: “¡No soy un arreglador multiusos!”.

A veces, creo que el secreto para un matrimonio duradero y feliz está en no casarse, aunque sin duda habrá parejas casadas que son tan felices como nosotros.

Hace algún tiempo, cuando una mujer me hizo la típica pregunta sobre si estoy casada, tuve unos tropiezos al intentar dar la respuesta correcta: “He estado con el mismo hombre durante más de dos décadas, pero no estoy segura si cualquiera de nosotros crea en el matrimonio”. Sentí como un gran logro haber declarado mi situación de manera tan clara.

“Creer”, respondió refunfuñando. “Las creencias son para los niños con Santa Claus”.

Tenía razón. Es pura palabrería decir que no crees en el matrimonio. Al haber estado con la misma persona por más de veinte años, sin duda debo creer en el matrimonio; debo creer que la vida es mejor en pareja que como soltera.

Cuando digo que no creo en el matrimonio, lo que realmente quiero decir es: entiendo que tiene beneficios financieros y legales, pero no creo que el gobierno o la iglesia o una tienda con mesa de regalos va a cambiar la manera como me siento y me comporto.

O, quizá, lo haría. Porque si la ley no te reconoce como una pareja, es cuestión de elegirse mutuamente cada día. Y quizá esa elección diaria es algo que vuelve mejor a una relación. Claro que las parejas felizmente o exitosamente casadas ya deben saber esto.

En las mañanas, me despierto y volteo a ver a Hans y pienso: “Te amo. Te elijo por encima de cualquier otra persona. Te elegí hace veintiún años y te elijo hoy. Creo que eres una constante en mi vida y que yo lo soy en la tuya. Amarte es lo más cercano que tengo a la fe. Todo me indica que esa es Kristen Schaal”.

Por Gabrielle Zevin

Gabrielle Zevin es autora y guionista; vive en Los Ángeles. Su novela más reciente es “Young Jane Young.”

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